lunes, 17 de mayo de 2010

Arthur Andersen y Enron


Arthur Andersen era, quizás, la auditora más importante del mundo. Si no era la más importante, una de las cinco más importantes sin lugar a dudas. Con casi cien años de antigüedad y experiencia, había marcado la pauta de lo que debían ser las auditorías y habían auditado a las empresas más importantes del mundo. Eran maestros de maestros.

Eran innovadores, habían sabido cambiar y adaptarse a los tiempos, y la ambición de cualquier nuevo titulado era llegar a formar parte de su plantilla, algo que dotaba de “peso” el currículum de cualquier persona.

¿Cómo una empresa tan importante puede desaparecer en un tiempo record?

La respuesta es sencilla: Credibilidad, o mejor dicho, la falta de credibilidad.

Para una empresa cuyo “core business” es la auditoría (también ofrecía asesoramiento jurídico y fiscal y tenía otras empresas dependientes de la matriz), la credibilidad lo es todo, y la mínima duda sobre la misma hace que sus cimientos se tambaleen hasta derrumbarse.

Nos situamos a principios del nuevo siglo, las “punto com” están en su punto álgido. Las empresas tecnológicas despuntan en bolsa aunque haya gente no lo termine de entender (por ejemplo un tal Warren E. Buffett), pero parece que sus balances son correctos. Un buen día salta el escándalo “Enron”, una de las empresas tecnológicas más importantes y que estaba auditada por Arthur Andersen, tenía un agujero importante. La contabilidad “creativa” de la empresa escondía que los directivos se habían comprado áticos en Nueva York y “tonterías” por el estilo. La bomba había estallado.

De repente, como en una mezcla entre alud y efecto dominó, la empresa se desmoronó. Fue condenada por los Tribunales Federales de Estados Unidos por obstrucción a la justicia, destrucción y alteración de documentos e irregularidades varias, además de una multa de 500.000 dólares y de la prohibición de seguir auditando y asesorando, lo que le llevaron a desaparecer en un tiempo record. Una empresa que tenía unos grandísimos profesionales, debido a la mala gestión de la dirección, se veía abocada a la desaparición. Dieron igual los años de rectitud, el excepcional trabajo de los profesionales que allí prestaban sus servicios y su larga trayectoria: su reputación se puso en entredicho y en ese momento estaban acabados. Aquello también marco el final de las “punto com”.

La empresa terminó fusionándose con otras consultoras o con disoluciones de algunas de sus ramas. Por ejemplo, en España y Méjico se fusionaron con Deloitte, en Argentina con Erns & Young,…

Como otras muchas veces, lo que llevo casi un siglo de construir (credibilidad y reputación), se destruía en un abrir y cerrar de ojos.

En una época en la que Internet nos ha hecho a todos transparentes y la información fluye a un ritmo que era impensable, actuar de forma lícita ya no es una opción, es una obligación (realmente nunca ha dejado de serlo).


1 comentario:

  1. creo que si se puede escribir comentarios sin tener cuenta de google no se poruqe yo creia que no...bueno asi ya lo tenemos claro, por cierto me encanta el post!!!!

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